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martes, diciembre 7, 2021

El día en que ‘La naranja mecánica’ desafió a la España conservadora

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Un documental recuerda el tumultuoso paso de la película de Stanley Kubrick por la Seminci de Valladolid, tras estar cuatro años prohibida por la censura franquista.

El 24 de abril de 1975 Valladolid entró en la modernidad. O al menos eso sintieron quienes pudieron pasar al primer pase público en España de La naranja mecánica, de Stanley Kubrick, película prohibida por la censura franquista desde su estreno mundial en 1971. Aquella tumultuosa y polémica proyección en una ciudad calificada de muy conservadora (fachadolid”), pero que en ese momento bullía entre manifestaciones sindicales y revueltas estudiantiles, es recordada por sus protagonistas en el documental La naranja prohibida, de Pedro González Bermúdez. El filme se ha estrenado este sábado, como no podía ser menos, en la Seminci pucelana, el mismo festival que la acogió entonces, con la presencia de su imponente actor principal, Malcolm McDowell.

Aunque el mismo McDowell explica que sabían ya en el rodaje (seis meses que empezaron el 7 de septiembre de 1970) que La naranja mecánica “no iba a pasar inadvertida”, nadie imaginó el terremoto que provocaría en su estreno. “La rodamos como una comedia negra, para nada como una apología de la violencia, que no aparece de forma detallada en la película. Era revolucionaria por su forma y su look… Hablamos de antes de la MTV. Hoy se hace una lectura de ella peligrosísima, que refleja el momento que sufrimos”, contaba este sábado en Valladolid.

El lanzamiento de la película de Kubrick se produjo el 19 de diciembre de 1971 —de ahí que este trimestre se celebre el medio siglo del estreno— en Nueva York y San Francisco, antes de llegar a Londres en enero de 1972. En España Warner, su productora y distribuidora, la presentó ante la censura franquista, que había prohibido Lolita Senderos de gloria, cortado Espartaco y autorizado ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú 2001: una odisea hacia el espacio. Y La naranja mecánica tampoco logró el permiso de proyección. Además, la película, al año de exhibición, fue retirada de los cines británicos por Kubrick, harto de la polémica que la acompañaba. “Poca gente le recuerda como productor, pero era muy responsable”, cuenta McDowell, que a sus 77 años trabaja sin descanso y está en perfecta forma física. “Como 2001 se le había ido de madre en el presupuesto, quiso demostrar que podía hacer una película de coste modesto y no rebasarlo”.

Así que cuando para la edición de la Seminci de 1975 Warner planteó su proyección en el certamen —que dos años antes había borrado de su nombre la coletilla “cine religioso y de valores humanos”—, su director, Carmelo Romero, que la había visto en Canadá en 1973, se las prometió felices. Más cuando en febrero de 1975 había desaparecido la censura, sustituida por el sistema de calificaciones de películas por edades, y la Dirección General de Cinematografía apoyaba la iniciativa de Warner.

En aquel momento Valladolid, una ciudad de 200.000 habitantes con casi 30.000 estudiantes universitarios, hervía con protestas en las facultades y la lucha sindical en la factoría de la Fasa Renault. A 20 días del arranque del festival, Warner pidió que el comité de selección devolviera la copia “para unos retoques”, y posteriormente anunció que no la proyectaría. A Kubrick, más que obseso, paranoico del control, le habían llegado esas noticias y no le gustaba la ciudad. Romero, a petición de la oficina española del estudio de Hollywood, le envió una carta contándole que la Seminci era un festival progresista y que se proyectaría en la universidad. Esto último convenció al cineasta, que dio el permiso.

Romero mintió, aunque en el documental cuenta que solo a medias: “La mayor parte de su público era estudiantil”. Y tras una plácida proyección en el cine Coca para la prensa el día anterior, y con centenares de personas en la cola ante la taquilla (llegaron a dormir allí en sacos de dormir), llegó la jornada de proyección con público en el cine Carrión. El evento había enfurecido a la población más retrógrada de la ciudad.

Nada fue fácil aquel 24 de abril de 1975. El dueño de la sala ya había regalado entre sus conocidos las entradas para las 1.000 butacas. Romero, indignado, pidió un nuevo taquillaje y al ponerlas a la venta solo permitió dos entradas por comprador. Con la proyección empezada, se recibió una llamada con un aviso de bomba. Desde la cabina del proyector, teléfono en mano, el director de la Seminci decidió no desalojar la sala y asumir la responsabilidad.

En La naranja prohibida, algunos de los espectadores de aquella cita histórica recuerdan que encontraron en la pantalla un eco “de la violencia que se vivía en Valladolid”. El filósofo Gustavo Martín Garzo estaba en aquella sesión: “Era una película muy perturbadora”. A McDowell le encanta la extraña ligazón entre La naranja mecánica y Valladolid: “Solo conozco algo similar en Ciudad de México, donde una multitud echó abajo las puertas del cine. Lo de Valladolid es maravilloso, y confirma la fuerza de la película incluso en una ciudad tan conservadora”.

McDowell alberga una relación contradictoria con La naranja mecánica. Venía de rodar If…, con Lindsay Anderson, que se convirtió en uno de sus mejores amigos, y disfrutó mucho del rodaje de un proyecto que llevaba rondando en la cabeza de Kubrick desde la publicación del libro de Burgess —a quien nunca le gustó el filme— en 1962, y que para el director supuso su primer trabajo con Warner, que siempre respetó susmuchas exigencias. “No volví a ver nunca más a Stanley, aunque sí hablamos por teléfono varias veces después. Fue muy extraño… Yo era joven, me sumergí en una relación profundamente familiar, y completado el rodaje se acabó. Lo sentí como un divorcio, y lo lamento. Sin embargo, hicimos un filme extraordinario”. En la biografía del cineasta escrita por John Baxter asegura que la entrada de McDowell cambió el proyecto y que Kubrick no lo hubiera rodado sin él: “Dios, no. Lo único es que tuve una dolencia al inicio, no muy grave. El médico del seguro le aconsejó que contratara a otro y Stanley me dijo que o yo o ninguno”.

El artista más taquillero

En el mismo libro se dice que Cantando bajo la lluvia aparece en La naranja mecánica porque era la única canción que conocía el actor: “Todo leyenda. Stanley me pidió que tarareara algo, se me ocurrió esa instintivamente, y él salió disparado del estudio”. Se fue a llamar a Warner a ver si podía obtener los derechos de la canción, y una hora más tarde volvió radiante. Así crearon un momento icónico para la historia del arte. “En aquel momento Stanley era la única estrella del cine de autor que también aseguraba taquillazos. Nadie le podía negar nada. Y no ha habido otro como él, si acaso Steven Spielberg o alguna vez Scorsese”, reflexiona McDowell.

En el resto de España La naranja mecánica llegó primero a los cines de arte y ensayo —se pudo ver en el madrileño Cid Campeador— y dos años más tarde, doblada con la traducción de Vicente Molina Foix, que aparece en el documental hablando sobre su complicada labor, al tener que inventar un numeroso conjunto de palabras, siempre bajo la supervisión del meticuloso Kubrick.

¿Se podría rodar hoy una película similar? “No”, replica su protagonista”. “Si el hombre no escoge, deja de ser hombre”, se escucha en el documental producido por TCM, que lo estrenará en su canal en diciembre. McDowell asegura: “En estos tiempos tan pro-Trump y de fake news, en los que se humilla y se miente tan fácilmente, en los que aún existe un machismo brutal, y en los que a las víctimas de acoso sexual se las vilipendia, no creo que muchos se atrevieran a producir una reflexión tan inteligente sobre el libre albedrío y la violencia institucional”.

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